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Estoy en Gambia..., con esta frase comencé mi diario y, sin saberlo, otra etapa de mi vida.
Me llamo Ada y les voy a contar como surgió ADAVI ayuda para Gambia. Mi mundo acababa de desmoronarse ante mis ojos sin poder hacer nada por evitar que, el sueño que tenía desde hacía años, se escapaba entre mis dedos después de casi haberlo alcanzado. Había muerto una parte de mí, me encontraba sin rumbo, incapaz de hacer planes a largo plazo y, ni tan siquiera, para las dos horas siguientes. De pronto, sonó mi teléfono. Era mi amiga Paz, que llamaba no para saber que tal estaba, como de costumbre, sino para decirme: “¡Vente mañana a Gambia!”.
En ese momento sentí como si me agitaran con fuerza; era incapaz de contestar; por mi cabeza pasó un huracán; no era capaz de tomar una decisión, pero tampoco pude decir que no. Le pedí unos minutos para, al menos, respirar e intentar pensar. Pero antes de darme cuenta ya estaba en Banjul, bajando del avión. Era como si acabara de despertar; los sentidos los tenía totalmente a flor de piel, el olor a tierra, los colores, un ligero viento que me acariciaba envolviéndome, era un dulce amanecer a una nueva etapa aún desconocida por mí, llena de proyectos e ilusiones. Bajé las escaleras del avión, fuimos al hotel y ya no me hizo falta ver más: sabía que allí había mucho por hacer y yo estaba dispuesta a hacerlo.
Al día siguiente hicimos la primera salida, y allí me topé ante el par de ojos más brillantes y expresivos que jamás había visto. Se cogió de mi mano, me regaló una sonrisa y no me soltó en horas. Era un niño de unos tres años, yo le regalé un balón y él ... la ilusión. Visitamos varías aldeas, vimos que la ayuda que se envía desde España llega, pero también vimos que no era suficiente.
Cuando volví a montar en el avión, para volver a casa, estaba agitada como una adolescente cuando conoce su primer amor. Ese era mi sentimiento: me acababa de enamorar de Gambia. A partir de entonces, me enamoré también de su gente, su olor, sus colores... y sentía, y sabía sin saberlo, que cada vez que ayudara a Gambia, ayudaría a ese niño a mantener esa sonrisa y a su madre, la ilusión de verlo crecer sin tener el sentimiento de impotencia de no poder salvarlo si cayese enfermo, o de no poder darle una educación escolar básica. Allí descubrí que, con unas pocas medicinas que en Europa tenemos a punto de caducar y que tiramos alegremente, podríamos solventar grandes necesidades básicas sanitarias; o que muchos adolescentes no pueden ir a la escuela porque tienen que emplear su tiempo en ir por agua a kilómetros de distancia; o que muchos médicos, que van con ilusión a trabajar allí, no tienen medios, ni tan siquiera, para reconocer a los enfermos.
Por todo ello, comencé a darle forma al proyecto que aquí os presentamos, para que deje de ser un cúmulo de sentimientos hirientes y pase a ser un trabajo bien hecho que, entre todos, consigamos.
Ya está aquí ADAVI ayuda para Gambia. Falta mucho por hacer, pero también he de deciros que, en poco tiempo, hemos hecho mucho. Cada vez que vuelvo a Gambia, veo en cada niño aquellos grandes ojos negros y aquella sonrisa que un día descubrí... Ellos me animan a seguir salvando obstáculos, fortaleciéndome con cada logro y queriendo creer que, cada vez que consiga que un niño sonría en cualquier parte del mundo, alguien hará sonreír a mi niña...
Ada Moreno Villero |